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Por Urko Nalda • Actualizado en noviembre, 2025
Si estáis organizando vuestra ruta por Japón, seguro que Kioto es una de las paradas principales del itinerario. Es la ciudad donde realmente se respira la tradición nipona, pero al empezar a planificar es fácil agobiarse: hay cientos de templos y la lista de cosas pendientes parece no acabar nunca. Nosotros sabemos que el tiempo de viaje es oro, por eso hemos querido filtrar toda esa información y crear una lista definitiva. Aquí tenéis los 20 lugares imprescindibles que ver en Kioto, una selección pensada para que vayáis a tiro hecho y no os perdáis lo más importante. Vamos a ver cuáles son esos rincones que sí o sí tenéis que incluir en vuestra ruta.

Para nosotros, Kioto es, sin ninguna duda, nuestro lugar favorito que ver en Japón. Si Tokio representa el futuro y el caos ordenado, llegar a Kioto es hacer un viaje directo al pasado. Fue la capital imperial durante más de mil años y eso le ha dado un carácter señorial que no se encuentra en ninguna otra ciudad del país.
Lo que hace a Kioto realmente única es un hecho histórico clave: fue una de las pocas grandes ciudades que se salvó de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Gracias a esto, hoy podemos pasear por barrios enteros que conservan la arquitectura original de madera y templos centenarios auténticos, no reconstrucciones modernas. Es el Japón que todos tenemos en la cabeza antes de subir al avión.
Más allá de los edificios, aquí es donde late la cultura más clásica. Pasear por sus calles empedradas es cruzarse con la historia de las casas de té y el misterioso mundo de las geishas, especialmente en barrios como Gion. Sin embargo, es un mundo muy hermético y lleno de códigos que se escapan a simple vista.
Para no quedaros solo con la “foto bonita” y entender realmente lo que estáis viendo, una forma genial de descubrir sus tradiciones es con este free tour por el barrio de las Geishas. A nosotros nos encantó la experiencia porque nos permitió descifrar muchas curiosidades del barrio que, yendo por libre, nos hubieran pasado totalmente desapercibidas.
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Ahora sí, vamos con la lista. Tenéis que tener claro que Kioto es inabarcable. Podríais estar semanas visitando templos y os seguirían faltando días, así que la clave aquí es saber priorizar. Si intentáis verlo todo, vais a acabar saturados. Por eso hemos hecho nosotros la selección y nos hemos quedado con los 20 lugares imprescindibles que ver en Kioto. Son los sitios que recomendaríamos a cualquier amigo que vaya a Japón por primera vez, mezclando los puntos más famosos con otros que nos gustan especialmente.
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Empezamos fuerte con la imagen más icónica de Japón y, sin discusión, el lugar número 1 que ver en Kioto. Probablemente ya lo habéis visto en Memorias de una Geisha: esos pasillos infinitos formados por miles de torii (puertas sagradas) de color naranja vibrante que serpentean montaña arriba. No es un solo templo, sino un santuario sintoísta dedicado a Inari, el dios del arroz y la prosperidad. Por eso veréis cientos de estatuas de zorros de piedra (kitsune) por todo el recinto; son los mensajeros del dios y a menudo tienen llaves o rollos de pergamino en la boca.
Si lo prefieres, puedes unirte a esta visita guiada por Fushimi Inari, el castillo de Nijo, Arashiyama y Kiyomizu
Cada uno de esos torii ha sido donado por una empresa o particular japonés para pedir éxito en los negocios. Si os fijáis por la parte de atrás, veréis escrito el nombre del donante y la fecha. Los precios van desde unos pocos miles de euros por los pequeños hasta más de un millón por los gigantes.
Lo mejor del santuario es que es gratis y abre 24 horas. Ahora bien, aquí va el consejo clave: madrugad mucho. Si llegáis sobre las 6:30 o 7:00 de la mañana, tendréis el lugar prácticamente para vosotros solos y podréis hacer fotos limpias sin colas de turistas. Si vais a las 10 u 11 de la mañana, prepararos para compartir cada metro del pasillo con miles de personas.
El recorrido completo hasta la cima del Monte Inari son unos 4 km y se tarda unas 2 horas, dependiendo de vuestro ritmo. La mayoría de turistas hacen la foto en los primeros 200 metros y se dan la vuelta, pero ese es el gran error. Conforme vais subiendo, la gente desaparece y la experiencia es muchísimo mejor. Si tenéis fuerzas, subid al menos hasta el cruce Yotsutsuji (unos 30-40 minutos de subida), donde tendréis unas vistas brutales de todo Kioto.

Si el Fushimi Inari es el icono de los santuarios sintoístas, el Kiyomizu-dera lo es del budismo en Kioto. Su nombre significa literalmente “Templo del Agua Pura” y es Patrimonio de la Humanidad por razones que saltan a la vista nada más llegar. Lo más impresionante es su enorme salón principal, una estructura colosal de madera construida en la ladera de la montaña sin usar ni un solo clavo. La terraza de madera que sobresale al vacío ofrece, para nosotros, una de las mejores panorámicas de la ciudad, mezclando la naturaleza del valle con el skyline moderno de Kioto al fondo.
Justo detrás del templo principal veréis el santuario Jishu, dedicado al amor, donde hay dos piedras separadas por 18 metros. La tradición dice que si conseguís caminar de una a otra con los ojos cerrados, encontraréis el amor verdadero. Y si bajáis las escaleras llegaréis a la famosa Cascada Otowa, donde el agua cae en tres chorros distintos que otorgan salud, éxito en los estudios o suerte en el amor. Eso sí, la norma no escrita dice que solo debéis beber de uno; quererlo todo se considera de mala educación.
Al igual que con el Inari, el mejor consejo que os podemos dar es que madruguéis. El templo abre sobre las 6 de la mañana y es el único momento del día en el que se puede respirar paz. Si vais a media mañana o al atardecer, preparaos para compartir la terraza con cientos de personas, aunque reconocemos que ver la puesta de sol desde allí arriba tiene una magia especial que compensa los empujones.

Este es, sin duda, el barrio con más magia de Kioto y el lugar donde la leyenda de la ciudad cobra vida. Gion es el distrito de las geishas por excelencia, un laberinto de calles empedradas y casas de madera (machiya) que parece haberse detenido en el tiempo. Pasear por la calle Hanamikoji al caer la tarde, cuando se empiezan a encender los farolillos rojos de las casas de té, es una de esas experiencias que justifican el viaje a Japón. Aquí no encontraréis grandes templos para visitar, sino una atmósfera única de misterio y exclusividad que envuelve cada rincón.
Todo el mundo viene aquí con el mismo objetivo: ver a una geisha o a una maiko (aprendiz) de camino a una cita. Verlas aparecer, con sus kimonos impecables y el maquillaje blanco, es algo casi irreal. Pero ojo, es fundamental que entendáis que no son una atracción turística, sino profesionales yendo a trabajar. Si tenéis la suerte de cruzaros con una, disfrutad del momento con respeto: nada de perseguirlas, cortarles el paso o ponerles la cámara en la cara. El acoso turístico ha sido un problema grave en los últimos años y ser respetuosos es clave para que podamos seguir disfrutando de este barrio.
Entender realmente qué es lo que estáis viendo en Gion es complicado si vais solos, ya que es un mundo muy hermético lleno de códigos secretos. Por eso, para nosotros es imprescindible hacer este free tour por el barrio de las Geishas. Os ayudará a descifrar la diferencia entre mito y realidad, a distinguir una geisha de una maiko por su peinado o su kimono, y a comprender la historia detrás de estas calles tan especiales.

Para nosotros, esta es la ruta a pie más bonita que ver en Kioto. Si buscáis esa imagen de postal con casas de madera, calles empedradas y pagodas al fondo, Higashiyama es el lugar. Lo ideal es empezar vuestro recorrido desde Kiyomizu-dera e ir bajando tranquilamente por las cuestas de Sannenzaka y Ninenzaka, dos calles peatonales que parecen sacadas de una película de samuráis. Están repletas de tiendecitas de artesanía, dulces tradicionales y casas de té, y aunque suelen estar llenas de turistas, el encanto que tienen es innegable.
En mitad del paseo os toparéis con una de las imágenes más icónicas de la ciudad: la Pagoda Yasaka (templo Hokan-ji). Ver esta pagoda de cinco pisos asomando entre los tejados de las casas tradicionales es una auténtica maravilla, especialmente al atardecer. Si queréis sacar la famosa foto sin cientos de personas, tendréis que madrugar muchísimo, pero os aseguramos que ver estas calles vacías con la pagoda al fondo es una experiencia que merece el esfuerzo.
Un detalle curioso de estas calles son sus leyendas un tanto oscuras. Se dice que si te caes en la cuesta de Sannenzaka (Cuesta de los Tres Años), morirás en tres años, y si lo haces en Ninenzaka (Cuesta de los Dos Años), en dos. Evidentemente es solo una superstición para que la gente camine con cuidado por las pendientes empinadas, pero ¡ojo dónde pisáis por si acaso! Es el paseo perfecto para sumergirse en el Kioto antiguo y comprar algún recuerdo auténtico.

Si Gion es el misterio y la tradición, Pontocho es el ambiente y la buena vida nocturna. Se trata de un callejón estrechísimo y peatonal que corre paralelo al río Kamo, repleto de restaurantes a ambos lados. Es uno de los lugares con más encanto para cenar en Kioto, especialmente en verano, cuando muchos locales montan sus terrazas de madera (kawayuka) sobre el propio río. Pasear por aquí de noche, con todo iluminado solo por linternas y el murmullo de la gente, tiene un rollo muy cinematográfico.
Aunque a primera vista pueda parecer una zona súper exclusiva (y hay restaurantes carísimos donde se necesita invitación), también hay opciones más accesibles si sabéis buscar. Lo mejor de Pontocho es que mantiene esa estética de Japón antiguo pero con un ambiente mucho más animado y accesible que Gion. Es el sitio perfecto para acabar el día probando alguna especialidad local o simplemente para dar un paseo nocturno y sentir la vida social de Kioto lejos de la solemnidad de los templos.

Justo al final de la avenida principal de Gion os toparéis con la imponente puerta bermellón del Santuario Yasaka, uno de los más queridos por los locales. A diferencia de otros templos que cierran a las cinco de la tarde, este santuario siempre está abierto y es gratuito, lo que lo convierte en una parada perfecta para visitar de noche después de cenar. Es el corazón espiritual del famoso festival Gion Matsuri, el evento más grande de la ciudad, y se nota que es un lugar muy vivo, donde la gente viene a pedir salud y prosperidad a cualquier hora del día.
Lo más espectacular del recinto es su escenario central lleno de cientos de farolillos de papel blanco que se iluminan al caer el sol. Cada uno lleva escrito el nombre de un negocio local que ha hecho una donación, creando una atmósfera preciosa y muy fotogénica. Además, si cruzáis todo el complejo, saldréis directamente al Parque Maruyama, conectando perfectamente la zona urbana de Gion con la naturaleza. Es un sitio genial para ver cómo la vida religiosa se mezcla de forma natural con la vida nocturna del barrio.

Este templo es una auténtica rareza y por eso nos encanta. Por un lado, es uno de los templos Zen más importantes de Japón, con una puerta principal (Sanmon) gigantesca que os dejará con la boca abierta. De hecho, es posible subir a la parte superior de la puerta y disfrutar de unas vistas geniales de la ciudad entre los árboles, algo que no se permite en muchos templos. Si sois fans del cine, seguro que os suena: es el lugar donde Scarlett Johansson se cruza con una boda tradicional en la película Lost in Translation.
Pero lo que realmente hace único a Nanzen-ji no es el budismo, sino un acueducto de ladrillo rojo al estilo romano que cruza sus jardines. Se construyó en la era Meiji (siglo XIX) para traer agua desde el Lago Biwa hasta Kioto y, sorprendentemente, ¡todavía funciona!. Ver los arcos de ladrillo desgastado mezclados con la estética zen del templo crea un contraste visual brutal y muy fotogénico. Es el sitio perfecto para los que buscáis algo diferente a la típica arquitectura japonesa de madera.

Aquí no hay debate: este es uno de los lugares más espectaculares de todo Japón y, sinceramente, uno de nuestros favoritos. La primera vez que lo ves, con sus dos plantas superiores recubiertas totalmente de pan de oro reflejándose en el estanque “Espejo de agua” (Kyoko-chi), te quedas sin palabras. Es una de esas imágenes que se quedan grabadas.
Pero ojo, que lo que veis tiene truco. El edificio original se ha quemado varias veces a lo largo de la historia, y la historia más loca ocurrió en 1950, cuando un joven monje obsesionado con su belleza le prendió fuego hasta reducirlo a cenizas. Este suceso fue tan impactante que inspiró la famosa novela El Pabellón de Oro de Yukio Mishima. El edificio actual es una reconstrucción perfecta de 1955, pero eso no le quita ni pizca de magia.
Nuestro consejo para la visita es simple: id a primera hora (abre a las 9:00) o justo antes del cierre para pillar la luz dorada del atardecer. El recorrido es de un solo sentido y pasa por unos jardines zen preciosos, donde veréis pinos con formas increíbles y pequeñas cascadas. Al final del camino hay una casa de té donde podéis tomar un matcha con un dulce tradicional por unos 500 yenes, el broche perfecto para la visita.

Aunque técnicamente no está en Kioto, irse de aquí sin visitar Nara sería un delito. Fue la primera capital fija de Japón (incluso antes que Kioto) y se llega súper fácil en tren en apenas 45 minutos. Todo el mundo la conoce por los más de 1.000 ciervos sika que campan a sus anchas por el parque y que son considerados “mensajeros de los dioses”. Son monísimos y te hacen reverencias si les das galletas (shika-senbei), pero cuidado porque se las saben todas y si huelen comida te pueden perseguir o mordisquear la ropa.
Pero más allá de los ciervos, la verdadera joya es el Templo Todai-ji, el edificio de madera más grande del mundo. Entrar allí y ver el Gran Buda (Daibutsu) de 15 metros de altura te hace sentir enano. Es una de esas construcciones que te hacen preguntarte “¿cómo narices construyeron esto hace siglos?”. Nuestra recomendación es que le dediquéis al menos medio día (una mañana entera es perfecta) para recorrer el parque, ver el templo y subir a la zona de los farolillos de piedra del santuario Kasuga Taisha. Es el complemento perfecto a vuestros días en Kioto.

Si os entra el hambre, este es vuestro sitio. Lo llaman “la cocina de Kioto” y es una galería comercial techada de unos 400 metros donde encontraréis absolutamente de todo. Es el lugar perfecto para probar la gastronomía local en formato picoteo: desde brochetas de marisco y tsukemono (encurtidos) hasta dulces de matcha. No os podéis ir sin ver (o probar, si os atrevéis) el famoso tako tamago, un pulpito rojo relleno de huevo de codorniz que es la foto más típica del mercado.
Eso sí, tened en cuenta dos cosas importantes. La primera es que suele estar a reventar de gente, así que hace falta paciencia. La segunda es una norma sagrada en Japón: aunque sea comida callejera, generalmente está prohibido caminar mientras se come (tabearuki). Lo correcto es comprar, pararse en un lateral o en la zona habilitada del puesto, comer y tirar la basura allí mismo. Es un sitio genial para comer barato, pero ojo porque la mayoría de puestos cierran sobre las 17:00 o 18:00, así que no lo dejéis para la cena.

Este es el lugar perfecto para tomarse un respiro después de callejear por Gion y Higashiyama. Al ser el parque público más antiguo de Kioto (abierto desde 1886), tiene ese aire señorial de jardín japonés clásico, con estanques, puentes de piedra y casas de té. Lo mejor es que conecta directamente con el Santuario Yasaka, así que el paseo es súper fluido.
Si vais en primavera, preparaos para el espectáculo: este es el epicentro del hanami (la fiesta de ver los cerezos) en Kioto. Todo el mundo viene a ver el famoso cerezo llorón gigante (shidarezakura), un árbol majestuoso que iluminan por la noche y que es el símbolo indiscutible del parque. El ambiente aquí es brutal, lleno de puestos de comida callejera y locales haciendo picnic bajo los árboles.
Para los amantes de la historia, buscad en una esquina del parque las estatuas de bronce de Sakamoto Ryoma y Nakaoka Shintaro, dos samuráis legendarios que fueron clave en la modernización de Japón y el fin de la era de los shogunes. Es un rincón con mucha carga histórica que la mayoría de turistas pasa por alto.

Justo al norte del parque Maruyama os encontraréis con la puerta de madera más grande de todo Japón: la Puerta Sanmon. Es una estructura colosal de 24 metros de altura que os hará sentir minúsculos al pasar por debajo. Pero lo mejor de este templo no es solo su tamaño, sino los secretos que esconde en su interior.
Uno de los detalles más curiosos son los “suelos de ruiseñor” (uguisubari) que conectan los edificios principales. Fueron diseñados intencionadamente para chirriar al pisarlos, imitando el canto de un pájaro, y así alertar a los monjes si entraba algún intruso o ninja por la noche. ¡Es imposible caminar sin hacer ruido!.
Tampoco os podéis perder la campana gigante (Daishoro), que pesa la friolera de 70 toneladas. Es tan pesada que en Nochevieja necesitan un equipo de 17 monjes tirando de cuerdas a la vez (uno colgado de la cuerda principal y 16 tirando de las secundarias) para hacerla sonar las 108 veces tradicionales. Si os sobra tiempo, el jardín Yuzen-en es una joyita moderna con un estanque precioso, perfecta para desconectar un rato.

Si venís de ver templos de madera oscura y austera, este os va a romper los esquemas. El Heian-jingu es una explosión de color naranja bermellón y verde turquesa que parece un decorado de película. De hecho, es una réplica a escala (aunque más pequeña) del antiguo Palacio Imperial, construida en 1895 para celebrar el 1.100 aniversario de la ciudad. Lo veréis desde lejos gracias al gigantesco torii de acero que hay en mitad de la calle antes de llegar, uno de los más grandes de Japón.
Lo mejor del santuario no es solo la plaza central de grava blanca, que es inmensa, sino sus jardines traseros (Shin-en). Son de pago (unos 600 yenes), pero valen cada céntimo, especialmente si os gusta la fotografía. Están diseñados para recorrer cuatro paisajes diferentes y son famosos por el puente cubierto de madera que cruza el estanque y, sobre todo, por los cerezos llorones en primavera y los lirios en verano. Es un sitio que transmite una elegancia imperial muy distinta al resto de templos de la lista.

Quizás os choque ver un Starbucks en una lista de las mejores cosas que ver en Kioto, pero creednos: este no tiene nada que ver con el de debajo de vuestra casa. Es el único Starbucks del mundo ubicado dentro de una casa de té tradicional de más de 100 años (machiya) y está tan bien camuflado que, si no os fijáis en las cortinas noren de la entrada, os pasaréis de largo pensando que es una tienda de artesanía más.
Lo realmente especial está en la segunda planta: es el primero del mundo con zonas de tatami. Tenéis que quitaros los zapatos, sentaros en cojines de seda sobre el suelo de paja y tomaros el café mirando a los tejados antiguos de Ninenzaka o a su pequeño jardín japonés interior. Es una fusión rarísima pero genial entre la cultura del café moderna y la tradición japonesa. Eso sí, encontrar sitio en los tatamis es casi misión imposible a media tarde, así que intentad ir a primera hora o tened mucha paciencia.

Olvidaos de la imagen típica de castillo europeo o incluso de la de castillo japonés como el de Osaka. El Castillo de Nijo es otra cosa: es un complejo palaciego horizontal pensado más para impresionar y vivir de lujo que para la guerra. Fue la residencia del poderoso shogun Tokugawa Ieyasu cuando visitaba Kioto, y la construyó a propósito muy cerca del Palacio Imperial pero mucho más lujosa, para dejar claro quién mandaba realmente en Japón.
Si lo prefieres, puedes unirte a esta visita guiada por Fushimi Inari, el castillo de Nijo, Arashiyama y Kiyomizu
Lo más alucinante de la visita es entrar descalzos en el Palacio Ninomaru. Al igual que en Chion-in, aquí también instalaron los famosos “suelos de ruiseñor” que chirrían al pisarlos para evitar que ningún ninja o asesino pudiera sorprender al shogun. Las salas están decoradas con pinturas originales de la escuela Kano y separadas por puertas correderas espectaculares. Es de los pocos sitios donde realmente puedes sentir cómo vivía el máximo gobernante militar de la época. Por fuera, los jardines son una maravilla de diseño paisajístico, con rocas y estanques colocados milimétricamente para mostrar poder y elegancia

Este es uno de esos sitios que a veces pasa desapercibido, pero que para nosotros es una parada obligatoria en la lista de lugares que ver en Kioto. Pensad que aquí vivió la Familia Imperial durante siglos, hasta que en 1869 hicieron las maletas y se llevaron la capital a Tokio. Está rodeado por el Kyoto Gyoen, un parque inmenso que es básicamente el “Central Park” de la ciudad, perfecto para descansar un rato del asfalto.
Tenemos una muy buena noticia: ya no hace falta reservar ni pagar entrada. Antes era un lío burocrático tremendo conseguir pase, pero ahora podéis entrar gratis y sin líos, lo cual se agradece un montón para improvisar la ruta.
Aunque os avisamos de que no podréis entrar dentro de las habitaciones (se ven desde fuera), pasear por el recinto impresiona mucho. El edificio estrella es el Shishin-den, el salón donde se coronaba a los emperadores, que es una auténtica bestialidad de madera. Lo curioso es compararlo con el Castillo de Nijo: mientras el Shogun intentaba fardar de dinero y poder con dorados y lujos, el Emperador vivía con una elegancia súper sencilla y sobria. Es un paseo muy tranquilo que os ayudará a entender mejor quién mandaba de verdad en el antiguo Japón.
Este templo es Patrimonio de la Humanidad y tiene una particularidad que lo diferencia del resto: su fuerte conexión con la familia imperial. Durante siglos, el sacerdote principal solía ser un príncipe, y eso se nota muchísimo en la arquitectura. Lo más interesante de la visita es entrar en el Goten, la antigua residencia, que funciona casi como un palacio dentro del recinto del templo. A diferencia de otros sitios donde solo paseas por fuera, aquí te descalzas y recorres los pasillos de madera y las salas de tatami, viendo las pinturas de las puertas correderas y la distribución de las habitaciones tal cual eran.
Además, si vuestro viaje cae a mediados de abril, apuntad este nombre: Omuro Sakura. Son una variedad de cerezos más tardíos que los habituales en Kioto, así que cuando en el centro de la ciudad ya se han caído los pétalos, aquí suelen estar en plena floración. Además, son árboles muy bajos, por lo que las flores quedan a la altura de los ojos y las fotos salen espectaculares con la pagoda de fondo. Tened en cuenta que para entrar a la zona específica de los cerezos hay que pagar un extra en temporada, pero el resto del año el recinto general es de acceso libre, pagando solo los 800 yenes si queréis entrar al Goten.
Para llegar, lo más directo es coger el tren Keifuku (el tranvía Randen) hasta la estación Omuro-Ninnaji, que os deja justo enfrente de la inmensa puerta de entrada. El templo abre de 9:00 a 17:00, pero recordad que dejan de vender entradas media hora antes del cierre.

No os dejéis engañar por el nombre: el Ginkaku-ji o “Pabellón de Plata” no tiene ni una pizca de plata. La idea original del shogun Ashikaga Yoshimasa era recubrirlo de láminas plateadas para imitar (y quizás competir un poco con) el Pabellón Dorado de su abuelo, pero se quedó sin presupuesto por culpa de la Guerra de Onin. Es el ejemplo perfecto del wabi-sabi, esa belleza japonesa que se encuentra en lo imperfecto, lo sencillo y lo natural.
Lo mejor de este sitio no es solo el edificio principal, sino el recorrido por sus jardines. Nada más entrar, os toparéis con el “Mar de Arena Plateada”, un jardín zen de grava rastrillada con un cono truncado perfecto (que se supone que simboliza el Monte Fuji) diseñado para reflejar la luz de la luna. Si seguís el camino marcado, subiréis por una colina que ofrece unas vistas brutales de todo el recinto con la ciudad de Kioto al fondo. Es un paseo circular muy agradable y, aunque suele haber gente, se respira mucha más calma que en su “hermano rico” dorado.
Para visitarlo, tenéis que ir hasta el noreste de la ciudad (buses 5, 17 o 100 desde la estación de Kioto). Abre todos los días de 8:30 a 17:00 (en invierno abre un pelín más tarde, a las 9:00) y la entrada cuesta 500 yenes. Un consejo nuestro: este templo es el punto de partida (o final) perfecto para el Paseo del Filósofo. Podéis empezar aquí temprano por la mañana y luego bajar caminando tranquilamente hacia el sur siguiendo el canal, una ruta que en primavera con los cerezos es, sin exagerar, de las cosas más bonitas que veréis en Japón.
Si lleváis unos días visitando templos de madera y jardines zen, esto os va a chocar seguro. Nada más salir de la estación central (por la salida Karasuma), os vais a topar de bruces con este cohete blanco y rojo que parece sacado de una película de ciencia ficción de los años 60. Con sus 131 metros, es el edificio más alto de la ciudad y, sinceramente, la gente la ama o la odia porque rompe totalmente con la estética tradicional, pero es imposible negar que se ha convertido en el faro moderno de Kioto.
Puedes comprar las entradas con antelación desde este enlace
La pregunta del millón siempre es: ¿merece la pena subir? Depende. La entrada al mirador (a 100 metros de altura) cuesta unos 900 yenes y las vistas son de 360 grados, lo cual es genial para entender la cuadrícula perfecta de la ciudad y ver cómo las montañas la abrazan por tres lados. Es especialmente chulo si vais al atardecer o de noche, cuando la ciudad se ilumina y la propia torre cambia de color.
Pero vamos a ser honestos con vosotros (para eso estamos): si vais con el presupuesto ajustado, hay un truco. Dentro de la propia Estación de Kioto existe el Skyway (un túnel acristalado en la planta 11) y el Sky Garden, que son totalmente gratis. Desde ahí tenéis unas vistas muy decentes de la ciudad y, lo más importante, tenéis la mejor vista posible de la propia torre iluminada, algo que obviamente os perdéis si estáis dentro de ella.
Si aun así decidís subir al mirador de la torre (que abre normalmente de 10:00 a 21:00), aprovechad para usar los telescopios gratuitos, que vienen genial para jugar a localizar los templos que ya habéis visitado, como el Kiyomizu-dera a lo lejos.
Este es el sitio donde las fotos y vídeos de Instagram más engañan. Todos hemos visto esas imágenes de un paseo mágico entre bambúes infinitos, solos y en silencio. La realidad es bastante diferente: es un camino de apenas 500 metros que suele estar hasta arriba de turistas, especialmente a partir de media mañana. El ruido de conversaciones y palos selfie sustituye ese sonido zen del viento entre las cañas que aparece en los vídeos.
Aun así, la estampa es realmente bonita. Los tallos verdes gigantes filtrando la luz tienen ese punto especial que solo encuentras en Japón, pero para disfrutarlo como debe ser necesitáis madrugar mucho. Llegad sobre las 7:00 o 7:30 de la mañana si queréis tener el Bosque de Bambú de Arashiyama prácticamente para vosotros. A esa hora sí podréis sacar esa foto mística que teníais en mente y, sobre todo, sentir la calma que promete el lugar.
Tened en cuenta que Arashiyama queda a media hora en tren desde la estación de Kioto (línea JR Sagano hasta Saga-Arashiyama), así que no merece la pena ir solo por el bambú. Lo ideal es combinar la visita con el templo Tenryu-ji (que está al lado), el puente Togetsukyo o incluso subir a la Villa Okochi Sanso, donde las vistas son igual de espectaculares pero con mucha menos gente amontonada.

Sabemos perfectamente que hablar de barrios, distritos y templos con nombres parecidos puede ser un lío tremendo, así que hemos volcado toda esta información en algo mucho más visual. Aquí os dejamos nuestro mapa con las mejores cosas que ver en Kioto, donde hemos marcado todos los puntos que os acabamos de recomendar, para que podáis ver de un vistazo qué sitios están cerca y organizar vuestras rutas diarias sin dar vueltas innecesarias.
Kioto no es precisamente la ciudad más barata de Japón para dormir, pero si sabéis buscar bien, hay joyas que valen mucho la pena. Si el presupuesto no es un problema para vosotros, la mejor zona para quedarse es sin duda el barrio de Gion o sus alrededores, en pleno distrito de Higashiyama. Estar allí significa tener los templos más bonitos y las calles tradicionales a un paso de la puerta del hotel, lo cual es un lujo si queréis madrugar para verlos sin gente. Eso sí, preparad la cartera porque los precios en esta zona suelen dispararse, especialmente en temporada alta, llegando a multiplicar por tres las tarifas normales.
Nosotros, buscando algo más económico pero sin renunciar a la comodidad, nos quedamos en el Hostel Niniroom y, sinceramente, fue un acierto total. Está situado cerca del río Kamo, en una zona residencial súper tranquila pero bien conectada (a unos minutos de la estación Jingu-Marutamachi), y nos sorprendió muchísimo lo bien preparado que está. No os imaginéis el típico albergue ruidoso y caótico; este sitio tiene un diseño industrial muy cuidado (era una antigua imprenta), las habitaciones son impecables y el ambiente es muy relajado, perfecto para descansar después de caminar 20 kilómetros al día.

Después de haber recorrido la ciudad de arriba a abajo, nuestra respuesta es clara: necesitáis un mínimo de 3 noches (que son 2 días y medio reales) para no ir con la lengua fuera. Con ese tiempo podéis ver lo “imprescindible”: un día para la zona este (Kiyomizu-dera, Gion y Fushimi Inari) y otro para el oeste (Arashiyama y Kinkaku-ji), dejando medio día para callejear por Pontocho o el mercado de Nishiki.
Pero si nos preguntáis qué haríamos nosotros si volviéramos a planear el viaje, os diríamos que lo ideal es dedicarle 4 o 5 noches. ¿Por qué? Porque Kioto engaña. Parece una ciudad manejable, pero los desplazamientos entre zonas pueden ser largos y, sobre todo, porque la magia de esta ciudad está en madrugar para ver un sitio importante sin gente y luego tener tiempo para perderse sin rumbo, entrar en esa tienda de té que no sale en las guías o hacer una excursión tranquila a Nara o Uji sin sentir que estáis sacrificando cosas importantes de la ciudad.
Al final, quedarse corto en Kioto da mucha rabia porque es el lugar donde más se siente el “Japón tradicional” que todos buscamos. Así que, si podéis robarle un día a otra parte del viaje (quizás a Osaka o Tokio), ponédselo a Kioto. Vuestros pies y vuestra cámara de fotos os lo agradecerán.

Para cerrar nuestra lista de las mejores cosas que ver en Kioto, queremos compartiros esos detalles logísticos que marcan la diferencia entre un viaje bueno y uno perfecto. Kioto puede ser una ciudad intensa por la cantidad de turismo que recibe, así que aquí van nuestros consejos prácticos basados en nuestra propia experiencia para que todo vaya como la seda y evitéis los errores más comunes.
Cómo moverse: Kioto se mueve principalmente en bus, pero los atascos en el centro pueden ser una pesadilla. Siempre que podáis, combinad el metro o el tren para los tramos largos y dejad el bus (o vuestros pies) solo para las distancias cortas. Si vais a usar mucho el transporte público, la tarjeta ICOCA es vuestra mejor amiga para no perder tiempo comprando billetes en cada trayecto.
Es recomendable madrugar: No nos cansaremos de repetirlo, es la regla de oro en Japón. Sitios icónicos como Fushimi Inari o el bosque de Arashiyama cambian radicalmente si llegáis a las 7:00 de la mañana. A partir de las 10:00, la masificación suele ser agobiante y la experiencia pierde mucha magia.
Reserva restaurantes con antelación: Si tenéis antojo de probar un sitio concreto (especialmente cocina kaiseki o los locales con terraza en Pontocho), reservad con semanas de antelación. Kioto recibe millones de turistas y los restaurantes con buena fama se llenan volando.
Seguro de viaje: La sanidad en Japón es excelente pero tiene unos precios prohibitivos para el turista. Una simple torcedura o una indigestión os puede arruinar el presupuesto. Nosotros siempre viajamos con Heymondo porque su app con chat médico 24h es súper útil y, lo más importante, no tienes que adelantar dinero. Además, por leernos tenéis un 5% de descuentodirecto en vuestra póliza.
Respeto a las normas locales: Tened especial cuidado con la fotografía en el barrio de Gion. Respetad rigurosamente las señales de prohibido hacer fotos en las calles privadas; las multas son reales y, sobre todo, es una cuestión de respeto básico hacia los vecinos y las geishas.

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¡Y hasta aquí nuestra lista con los imprescindibles que ver en Kioto! Esperamos que esta selección os ayude a filtrar un poco entre tantísimo templo y santuario, y sobre todo, que disfrutéis de la ciudad a vuestro ritmo sin agobiaros por querer verlo absolutamente todo. Si creéis que nos hemos dejado fuera algún rincón que merezca la pena o tenéis cualquier duda sobre cómo organizar los días, dejadnos un comentario aquí abajo. Nos encanta leeros y descubrir nuevos sitios gracias a vosotros.
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